Te marchaste sin pronunciar un adios,
un día cualquiera, invadiendome la soledad,
dejando todo en mudo silencio,
con la duda, sin entender
y con mis anhelos de gritar.

La oscuridad invadió mi morada,
el sol no volvió a brillar,
dejó cicatrices dificiles de curar
y aún hoy me pregunto,
¿por que te fuiste sin decir nada?.

Esas cenizas que se fueron apagando,
nunca volverán a ser una hoguera,
quemando con fuego mi cuerpo,
cuando jugabamos a ser dos
y que perpetuamente estuve alimentando.

La cordura se me escapó,
disfrazando mi mente de amargura,
ignorando todavía el motivo,
de tu partida sin rabia ni furia,
ni un pretexto que te de la razón.
Sin un adiós